El megaproyecto de México enfrenta críticas y bajos resultados.
El Tren Maya, una de las obras estrella de AMLO, prometía revolucionar la economía del sureste mexicano, pero casi dos años después de su primera inauguración, ni turistas ni locales están enganchados.
Cuando arrancó en diciembre de 2023, el Tren Maya se vendió como un motor de desarrollo: conectaría cinco estados, generaría miles de empleos y atraería turismo masivo a la península de Yucatán. Sin embargo, los números no cuadran. Hasta octubre de 2024, solo ha transportado unos 2.5 millones de pasajeros, lejos de los 37 millones anuales que se proyectaban para 2030.
Los turistas se quejan de precios altos y rutas incompletas. Un boleto puede costar entre 1,000 y 2,000 pesos (50-100 USD), caro para muchos mexicanos y poco competitivo frente a vuelos low-cost. Además, las obras han causado daños ambientales en selvas y cenotes, lo que ha molestado a comunidades locales y activistas.
Por el lado económico, los costos se dispararon. El presupuesto inicial de 150,000 millones de pesos (7,500 millones de USD) ya supera los 500,000 millones (25,000 millones de USD), según estimaciones. Y aunque se crearon empleos temporales, muchos trabajadores denuncian condiciones precarias y pagos atrasados.
El gobierno insiste en que el proyecto es a largo plazo y que los beneficios llegarán. Pero con una infraestructura a medio terminar y la desconfianza creciendo, el Tren Maya sigue siendo más un símbolo de promesas que de resultados concretos.




